TEXTO:
MABEL AMADO
MADRID. Estos pequeños ejércitos de plomo hicieron
las delicias de los niños durante muchas décadas. Sin embargo, en los años sesenta,
la irrupción en el mercado de los llamado «indios» y «americanos», realizados
en plástico, hicieron caer en el olvido a famosos fundidores de la talla de Baldomero
Casanellas y Antonio Pascual; a grabadores como Eulogio González, o a fabricantes
como Capell, Ángel Jiménez, Sánquez, TEO o Palomeque. Éste último nombre aún perdura
en la memoria histórica de Madrid como la «Casa Palomeque», una reputada tiendas
de la calle Arenal regentada por un pionero en la investigación de uniformes.
Era la época dorada de los soldados de plomo en España, de 1920 a 1936, con su
típico tamaño: 45 milímetros.
Afortunadamente, ni el plástico ni el tiempo
pudieron acallar y acabar con coleccionistas, aficionados y nostálgicos de estas
detalladas y realistas piezas, que vuelven a revivir la magia de la guerra en
miniatura ahora en tamaños superiores, como el 54 y 90 milímetros.
Asociación
de Miniaturistas
El auge de revistas especializadas y concursos nacionales
e internacionales y su inclusión en subastas dan fe de una pujante afición que
ahora puede apreciarse en toda su magnitud en una interesante exposición en el
Museo del Ejército (Méndez Núñez, 1). Por obra de la madrileña Asociación Dos
de Mayo de Miniaturistas Militares, que por vigésimocuarto año consecutivo despliega
en estas fechas una singular muestra, el visitante puede admirar hasta el próximo
30 de enero las mejores figuras de plomo, antiguas y modernas, de 43 expositores.
Como se trata de un proceso artesanal que incluye el diseño, modelado y preparación
de moldes para obtener las piezas finales, la muestra arranca en una vitrina dedicada
a explicar las distintas fases del proceso de fabricación de las miniaturas.
El recorrido continúa con variadas piezas que por su rareza, tipo de representación
o momento histórico se convierten en destacadas piezas artísticas. Entre ellas
destacan, por ejemplo, la «Entrega de la corbata de San Fernando por Isabel II
al Regimiento de Ingenieros». Es una formación con más de 600 piezas en 54 milímetros.
que representa el momento en que Isabel II entrega la corbata de San Fernando
a la bandera del Regimiento de Ingenieros en recompensa por los heroicos actos
realizados durante la Guerra de la Independencia.
Diorama
Seguimos con una pieza galardonada, «La rendición de Breda», un diorama en el
tamaño típico español -45 mm.- que reproduce el cuadro pintado por Velázquez para
el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro. También destaca otro diorama con
figuras en 90 milímetros, «Caballeros de la tabla redonda», que representa al
mítico Rey Arturo y a sus caballeros alrededor de la mesa redonda.
Una
pieza poco corriente y realizada en su momento por encargo es, sin duda, «Ajedrez
de la Guerra de África». Realizado también en 45 mm., representa a la Infantería,
Caballería y Artillería del ejército de Alfonso XIII enfrentado con las tropas
de Abd-el Krim.
Un ejemplo característico de las miniaturas de tamaño
«grande» -90 mm.- es «Escocés», una figura realizada con todo lujo de detalles
que marca la tendencia de las figuras modernas.
«Infantería española
de línea 1910» son figuras de «semibulto» (es decir, en relieve), en 45 mm., transformadas
de moldes de aluminio del alemán Schneider hacia 1920. Representan el soldado
de juguete clásico con el que se divertían los niños españoles entre los años
1910 y 1950.
Llegamos a una figura de la última generación, en la que
predomina el detallismo y la perfección. «Húsar de Iberia» es un exponente de
las tendencias últimas del coleccionismo: modelado perfecto, excepcional recreación
de detalles y pintura realista.
Y celebrando el cuarto centenario de
la publicación de la primera parte del Quijote no podían faltar figuras que lo
representaran. Así, «Don Quijote y Sancho» están realizadas en el estilo más antiguo
dentro de los soldados de plomo, las figuras planas, que datan de mediados del
XVIII y son conocidas por tener un alto porcentaje de estaño.
El soldadito
de plomo, ya sea en figura plana, de relieve o en tres dimensiones, ha superado
el imaginario infantil y se convierte aquí en una singular obra de arte para coleccionar,
aprender o, simplemente, batallar.